domingo 13 de mayo de 2007

El segundo



Nos quedamos exhaustos en el sofá, desnudos, pegados, con la piel tirante, pero una sonrisa que nos rasgaba la cara, sin llegar a creérnoslo ninguno de los dos. Estábamos allí, con nuestra intimidad expuesta al otro, al grado máximo de amistad, de confianza, de generosidad hacia el otro, completamente vulnerables pero encantados de estarlo, encantados de entregarnos. Gastamos bromas absurdas que solo ella y yo comprendemos para recuperar el aliento y hacer la situación más íntima si cabe. Todo mientras ella fumaba un cigarrillo.
Al cabo de un rato ella se puso en pié, se enfundó en mi camisa a medio desabrochar y corriendo a saltitos a la cocina me dijo “¿quieres un té?”. “Vale”. Me quedé mirando a las paredes naranjas y los muebles wengé pensando e intentando interiorizar el momento mientras la veía a ella manipular los trastos de la cocina con la camisa que le llegaba prácticamente por la rodilla, las mangas dobladas cinco veces y sabiendo que debajo de esa tela de algodón estaba su cuerpo caliente y suave como lo había sentido antes. Me recreaba en ese pensamiento cuando ella regresaba al salón con la bandeja con las tazas, el azúcar y la miel. Tenía los pezones duros que intentaban rasgar la camisa para salirse explosivamente, lo que no me permitía ver el volumen de sus tetas y su redondez. Me gustó mucho esa visión. Comenzó a excitarme.

Dejó la bandeja en la mesa y me preguntó que quería miel en el té. Le dije que ya me lo ponía yo y hundí la cuchara en el tarro. Al levantarla vi los reflejos dorados del líquido pringoso y me recordaron a sus ojos y a su pelo. Y a su sonrisa. Sin pensarlo dos veces me acerqué con la cuchara a su boca y le alicaté la mejilla, la comisura de los labios con la miel y un poco cayó en su pelo y en su oreja. Instintivamente se echó hacia atrás levantando las manos hacia arriba y gritando “¡¡pero que haces??” pero no se me fue la sonrisa de la cara porque acto seguido y sin contestar me acerque para limpiarle. Empecé lamiendo su mejilla. Sentí el picor de la dulzura de la miel en mi garganta, mezclada con el aroma de su cuerpo que emanaba del recinto de su camisa y los últimos efluvios de Channel n5 que quedaban todavía presentes. Ella aceptó bien el gesto y me moví hacia sus labios para seguir lamiendo al tiempo que volvía a besarla dulcemente. Ella me devolvía el gesto y noté como su respiración volvía a aumentar el ritmo. Volví a su cara, lamiendo la miel y su piel, hacía su pelo y su oreja, el lóbulo pequeño y compacto lacerado por el pendiente plateado. Ladeó su cabeza en signo de aceptación y comencé a limpiarle el cuello de una miel imaginaria pero más dulce ahora todavía. Sentí como polla empezó a palpitar y a notar el dolor de la sangre volviendo a fluir por los vasos convulsivamente vaciados hacía algunos minutos. Ese dulce dolor hace renacer las tensiones y alegra el corazón.
Volví a introducir la cuchara en el tarro de miel y esta vez vacié su contenido lentamente en sus tetas. Apunté a sus pezones que hicieron de fuente goteando hacia la base de sus tetas. Ella me miraba con una sonrisa y respiraba fuerte. La camisa se puso perdida. Da igual. Y comencé a retirar la miel de sus duros pezones con la punta de la lengua únicamente al principio y luego con toda la plenitud de la boca. La camisa, sin estar del todo desabrochada me permitía ver su vientre acompasando la respiración y el vello de su pubis. Mientras le chupaba las dos tetas de forma alternativa le metí un dedo en su coño sin previo aviso. Soltó un pequeño suspiro al tiempo que noté como una ola de calor me lo invadía. Ella también lo estaba deseando y agradeció el gesto impulsivo. Yo lo capté y de repente mi instinto de animal se despertó y me obligó a ser más brusco con sus tetas. A comerle los pezones de forma desesperada, con los dientes, succionando bruscamente mientras movía mi dedo en su interior sin sacarlo, frotándolo contra su parte anterior y sintiendo sus surcos duros. Ella respiraba cada vez mas fuerte echando la cabeza hacia atrás o cogiendo la mia y presionandome contra su pecho para que le extrajera más placer de sus botones oscuros, ya enrojecidos por el terrible “castigo” al que los estaba sometiendo.
Saqué el dedo de su coño y lo volví a introducir muchas veces, humedeciendo su vulva con sus propios líquidos hasta que noté como gotas de su flujo empapaban la palma de mi mano. Entonces retiré la mano y me introduje el dedo en la boca para saborear esta vez su miel de origen humano. Ella me miró y se lanzó a mi boca para arrebatarme con su lengua de todos mis rincones mi saliva. Le gustan los sabores fuertes pensé y entonces me agaché de rodillas en el suelo mientras ella se reclinaba en el sofá y abría instintivamente las piernas a lo que se avecinaba.
Mi lengua visitó primero su vagina que antes había explorado mi dedo. Estaba caliente y salada y volví a recordar el sabor de su cuerpo. Pero acto seguido me dirigí a su clítoris para envolverlo con mis labios. Quería darle calor ya que estaba expuesto al aire mucho tiempo. Y ella acompañó mi gesto con un quejido de placer. Mi lengua comenzó a lamerlo de abajo a arriba despacio pero con menos consideración que la vez anterior porque ya sabía como tratarlo. Después más rápido y luego mezclé mi lengua con mi dedo para no dar ni un microsegundo de respiro al pobre órgano que se retraía ante tal avalancha de roce húmedo y caliente. Ella lloriqueaba e intentaba agarrarme del pelo sin saber si retirarme, pararme o moverme más rápido. O simplemente para sentir la realidad de ese momento de ensueño. Sus manos me hacían daño pero aguanté y yo la trataba un poco peor cada vez. Nos encantaba. Terminé de abrirle la camisa con torpeza y así poder contemplar desde el primer plano de su pelo las perlas de sudor y nectar de su vientre y sus pechos descolgados lateralmente. Su respiración. Me encanta. Levanté las manos para alcanzar sus tetas y presionar y pellizcar sus pezones.
Le abrí el coño ampliamente para admirar el contraste de colores de su pelo negro al rojo de su excitación, y su brillantez. Me retiré un poco y le sople el aire más frio que tenía para que notara el contraste y así volviera a sentir la calidez proporcionada por mis labios y mi lengua.
Mi polla dolía de verdad. Casi no estaba recuperada del polvo anterior y le estaba exigiendo más. Me miré y vi el glande completamente desplegado, brillante y de color rojo y las venas marcadas en todo su tronco. No se sí ella llegó a correrse pero yo no podía más así es que me levante y le metí toda la extensión de mi polla de un solo intento. “Ahhhh” volvimos a decir los dos al tiempo pero esta vez ya estábamos preparados y yo podía moverme más rápido. Y así lo hice. Yo de rodillas en el suelo y ella con la espalda en el asiento del sofá. Su cadera en vilo sostenida por mis manos y atravesada por mi verga. Desde mi posición la veía a ella entera. Sus ojos cerrados y su boca abierta. Sus tetas abundantes meneándose al ritmo de mis envites como medusas en el oleaje. Su vientre hinchándose y vaciandose cada vez que mi polla entraba y salía. Y su coño aceptando mi palo como si fuera parte de él mismo. Aumenté el ritmo por la excitación de la vista que proporcionaba su abandono a mis maniobras hasta que la fatiga me obligó a retirarme para tomar aire. Ella respiró preguntandose porque había acabado. Comprendió y me dijo que me sentara. Ella lo hizo encima clavandose la polla hasta que notó como presionó su pared más lejana y gritó. No podríamos estar más cerca de no ser que nuestros huesos se hubieran partido en mil.
Comenzó a mover su cadera de adelante hacía atrás aumentando el ritmo progresivamente. Me seguía doliendo la polla pero disfrutaba del dolor que no me dejaba sentir ni correrme y me garantizaba que ella podía disponer de mi a su voluntad. Luego levantó las caderas para ponerse en cuclillas y volvió a meterse la polla. Su chocho solo cubría el glande y un poco más por lo que estaba casi toda mi polla fuera, pero eso sí, ella sabía como subir y bajar como si estuviera ensartada (que lo estaba). ¡que bueno es el ejercicio físico en las mujeres! Disfrutaba de esa vista. Era un sueño hecho realidad. Y me encantaba ver sus tetas cerca de mi cara con ese ímpetu. Ella cayó sobre mí de rodillas para recuperarse del esfuerzo terrible pero siguió moviendo las caderas adelante y atrás. Yo agarré su culo para sentir ese movimiento también en mis manos. E instintivamente deslicé mis dedos en el agujero de su culo. Me encanta sentir este pliegue. Y comencé a frotarlo superficialmente para percibir todo su relieve. No lo pensé. Pero ella no me dijo nada. La miré y le pregunté si le molestaba y ella muy autoritaria me ordenó “¡¡CALLA!!” mientras seguía respirando fuerte y moviendose. Al cabo de un rato la aparté para que descansara y la tumbé en el sofá. La cubrí con mi cuerpo y la follé con los dos cuerpos pegados. Ella sentía mi peso pero le agradaba. Me alcé sobre mis brazos y me movía liberándola de mi presión pero no permitiendo que decayera el ritmo ni el placer. La polla ya no me dolía y la sentía dura y gorda.
Paré y busque a mi alrededor. “¿que buscas?” “un cojín”. “toma”. Le coloqué el cojín en la pelvis y se elevó 15 cm. Justo lo que necesitaba. Me puse de rodillas y abrí mis piernas lo más posible de manera que mi rabo pudiera a penas alcanzar su abertura. Me ayudé con mis manos para forzar la entrada y en cuanto entró comprendió la magia de la postura. Mi polla tiende a ir hacia arriba y ahora está forzada a ponerse horizontal por la pared anterior de su vagina. Al mismo tiempo los vasos sanguíneos están comprimidos y por tanto la sangre no puede escapar y por tanto la polla engorda mucho. Además esta postura me permite una libertad de movimiento que puedo manejar a mi antojo. Ella está vendida a mi voluntad, que no es otra que matarla de placer. Ella no se lo cree. No cree que esté pasando. Yo realmente no siento mucho. Mejor porque si no podría aguantar. Pero la falta de sensibilidad física es rápidamente adelantada por el placer de ver su cara de éxtasis, de incredulidad ante el placer, de abandono y tensión por no saber si su corazón o sus entrañas van a poder aguantar tantos empujes. Follamos muchos minutos en esta postura y yo noté las gotas de sudor por mi espalda.
Pero también me tocaba a mí. Y ella lo sabía así es que me dijo. “Correte tú”. Entonces saqué la polla completamente y volví a metersela despacio hasta el fondo. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Ella agradeció el cambio de ritmo y yo me concentraba en restregar mi glande en todos sus pliegos para aumentar la sensación. Incluso me hice una paja encima de su clítoris pero no había manera. Así es que le dije. “Date la vuelta”.
La puse a cuatro patas y ella arqueó su espalda para ofrecerme toda su opulencia en forma de culo y chocho abierto. Me acomodé y la poseí sintiendo como las paredes de su entrada aprisionaban mi falo dolorido e insensible. Pero esta posición me puede y después de pocos ataques sus paredes comenzaron a ordeñar mi polla y a hacerla revivir. “No aguanto” le dije y cada vez la empujaba más fuerte. Sus brazos tensos intentaban contrarrestarme pero acabaron cediendo y su cara impacto en el sofá y ya no pude más: tensé todos mis músculos aprovechando los tres únicos envites que me permite el orgasmo sin correrme y conforme saqué la polla un chorro de leche recorrió su espina dorsal como una estrella fugaz. El siguiente se quedó en su culo y el otro. Mientras yo apoyaba mi verga en la raja de su culo para terminar de frotarme exhausto. Cuando acabaron los estertores ella se dio la vuelta, me cogió la polla con la mano y se acercó para metérsela en la boca de forma suave y húmeda, proporcionándome el calor que terminó de elevarme al cielo. Solo tragó unas gotitas de leche. Lo noté en el beso apasionado que me dio y que me confirmó que nos queríamos y que esto solo iba a ser el principio de muchos polvos cómplices, íntimos y salvajes.