Secador

Aquella mañana habíamos follado nada mas despertarnos. No era lo normal pero yo me había despertado animado y, digamos, le introduje las ganas a ella, que tampoco hacía falta que la animaran mucho. Los polvos matutinos son raros; por un lado son los más dulces del día ya que te llenan de energía y alegría, pero por otro son difíciles de conseguir porque el cuerpo no se ha despertado todavía y las sensaciones cuestan de ser registradas.
Después de terminar con un beso, o mil, me fui a la ducha antes de preparar el desayuno. Al poquito me siguió ella, hizo un pis y me robó la ducha apenas había terminado de aclararme. Allí estaba ella, radiante como siempre y su cuerpo todavía con el rubor rojo del esfuerzo y los pelos de punta del contraste de temperaturas. Me quedé admirándola y segundo y salí fuera a vestirme: camisa, corbata, traje, zapatos brillantes… Desde la habitación escuché que terminó la ducha y comenzó el pelo. Es un tiempo que necesita para sentirse ella, es su espacio y yo lo respeto, normalmente. Entré en el baño y la vi desnuda repasando cada mechón con el aire caliente. Seguía esplendida. Me quedé embobado y esa visión me hizo hervir la sangre. Me acerqué y me arrodillé delante de ella con el pretexto de abrir el armario del lavabo. Pero esa no era mi intención.
Acerqué mi cara a su pubis. Allí volvía a estar, rasurado completamente hacía solamente un día, lo que le daba el aspecto delicado y pueril que tanto deseo pero al tiempo que te deja un rastro agrio de escozor de los pelos que, rebeldes, quieren volver a cubrir su dulce secreto. No se lo esperaba e hizo un respingo hacia atrás y puso cara de molesta “¿Qué haces!” “Nada tú sigue a lo tuyo”. El secreto está en acertar en el momento exacto y en el punto exacto de su vulva para que ese rechazo se convierta en escalofrío por las entrañas y no vuelva a retirarse. Casi siempre lo consigo.
Ella quería hacerse la indiferente mientras mi boca comenzaba a lamer sus labios exteriores que se defendían como las ortigas que yo adoro. Repasaba su anatomía mientras yo, furtivamente introducía la lengua en su seno tan protegido por la planta de espinas tan dulces. El calor era insoportable; yo completamente vestido, el secador a plena potencia y haciendo el esfuerzo de alcanzar su placer con unas piernas cerradas, de pié y en una actitud de (aparentemente) total indiferencia. Pero su sabor la delataba. Sentía que se estaba derritiendo por dentro y el metálico dulce de su flujo no mentía.
El secador seguí funcionando cuando ella levantó una pierna para ponerla encima del retrete. Era la señal, ahora tenía todo su coño a mi disposición, y lo que es más importante, toda su alma y toda su voluntad. Con mis manos abrí su labios mayores para acceder a libar su más preciada intimidad, por segunda vez en el día. Tenía su clítoris todavía escondido en su capucha y sus labios brillantes, rosa oscuro y dulces. En el momento que mi lengua al completo los envolvió se estremeció, y cuando comencé a chuparlos hacía adentro, sorbiendo las finas tiras de sutil carne hacía mí, poniéndolos en tensión mientras mi lengua los friccionaba a mil revoluciones por segundo, ella se dio cuenta de que yo iba en serio.
Por fin apagó el secador, justo cuando alcanzaba mi límite antes del desmayo. No quería privarla de un segundo de placer así es que aguanté el ambiente, pero merecía la pena escucharla gemir, susurrar y respirar hondamente. La visión de aquel pubis rasurado que ponía el horizonte en mis ojos y que me ocultaba parcialmente sus tetas desde abajo y más arriba su cabeza que asentía lentamente con los ojos cerrados me excitaba y me animaba a continuar dandole placer solitario para que ella lo disfrute sin preocuparse de nada más. Y eso lo percibió mi polla que, a pesar del desgaste recién realizado me presionaba fuertemente en mis pantalones. Mientras continuaba masajeándole su chocho a mi placer, desabroché mis pantalones como pude y empecé a hacerme una paja para acompañarla. Procuré que ella lo notara poniéndome muy cerca de su pierna de manera que, o bien mi verga caliente se pusiera en contacto con la delicada piel de su tobillo, o que su pierna notara las enérgicas vibraciones que me estaba transmitiendo para aliviar la tensión que había acumulado. Es curiosa la sensación que te transmite una paja cuando estas con alguien, es como si al principio no te dieras placer y solo fuera un elemento de juego más, con sus cavidades y sus surcos. Pero con el tiempo dejas de rechazar esa sensación y entiendes que es tan peligroso, o más, que cuando estás solo porque puedes llegar a correrte sin darte cuenta, sin poder evitarlo.
Cuando ella notó que me estaba tocando su actitud cambió. Le excitaba sentirme, aunque no podía verme. Sabía que tenía mi polla fuera y se la imaginaba tan dura como hacía una rato y tan deseosa como a ella tanto le gustaba. Pero lo que más le excitaba era saber que me estaba gustando. No le estaba comiendo el coño como un acto de caridad hacía ella, si no porque realmente me excitaba y se lo estaba demostrando de forma espontánea. Se sentía deseada y amada y eso aceleró su estado descargando sobre mi lengua más líquido que absorbí de manera febril, como si estuviera viajando dia y noche por el desierto.
A pesar del dolor inicial del miembro (normal cuando vuelve a reactivarse para dar la talla de nuevo) la situación podía conmigo. Ella totalmente entregada y desnuda, abriendo cada vez más su pierna para que pudiera alcanzar sus pliegues más íntimos. Yo de rodillas servilmente atendiendo únicamente sus necesidades mientras intentaba dar salida al calor interno que yo mismo me había provocado.
Noté como se tensaba, como su clítoris, completamente desplegado a mi, se retraía cada vez que mi lengua lo atacaba. Intentaba morderlo dulcemente, y ella gritaba y aún así se abría más a mí. Todo era brillo y humedad, suya y mía cuando me agarró del pelo de la cabeza para arrimarme o separarme sin saber por qué decidirse. Sentí su éxtasis y toda mi sangre entonces se centró en mi glande en un espasmo soltó un chorro de leche al tiempo que ella gritaba de placer. Yo ya no podía controlar lo que le hacía a ella; no sabía si le hacía daño por apretar muy fuerte o si por el contrario la falta de roce la estaba dejando en un limbo indeseado. Mi boca se apretaba fuerte contra su coño y mi respiración entrecortada por mis sacudidas la hacían aumentar el tiempo de su orgasmo. Sabía que me estaba corriendo por mis movimientos y por algún que otro impacto de 37 grados en su piel.
Me quedé sin aliento, de rodillas con la cabeza baja para poder respirar mientras ella se reclinaba en la pared liberando un poco de la tensión de sus piernas. Al cabo de unos segundos la miré sonriendo y ella me devolvió el cuarto de sonrisa que su esfuerzo de maratón y su todavía palpitante vulva le permitieron. Pero sabía que estaba FELIZ. Fue después cuando nos percatamos del estropicio en el suelo del baño y nos reímos abiertamente para terminar de liberar la tensión que quedaba y para demostrarnos que éramos felices y que las sorpresas siempre son bien recibidas, aunque esta vez llegáramos tarde al trabajo.

