viernes 18 de mayo de 2007

Secador



Aquella mañana habíamos follado nada mas despertarnos. No era lo normal pero yo me había despertado animado y, digamos, le introduje las ganas a ella, que tampoco hacía falta que la animaran mucho. Los polvos matutinos son raros; por un lado son los más dulces del día ya que te llenan de energía y alegría, pero por otro son difíciles de conseguir porque el cuerpo no se ha despertado todavía y las sensaciones cuestan de ser registradas.

Después de terminar con un beso, o mil, me fui a la ducha antes de preparar el desayuno. Al poquito me siguió ella, hizo un pis y me robó la ducha apenas había terminado de aclararme. Allí estaba ella, radiante como siempre y su cuerpo todavía con el rubor rojo del esfuerzo y los pelos de punta del contraste de temperaturas. Me quedé admirándola y segundo y salí fuera a vestirme: camisa, corbata, traje, zapatos brillantes… Desde la habitación escuché que terminó la ducha y comenzó el pelo. Es un tiempo que necesita para sentirse ella, es su espacio y yo lo respeto, normalmente. Entré en el baño y la vi desnuda repasando cada mechón con el aire caliente. Seguía esplendida. Me quedé embobado y esa visión me hizo hervir la sangre. Me acerqué y me arrodillé delante de ella con el pretexto de abrir el armario del lavabo. Pero esa no era mi intención.




Acerqué mi cara a su pubis. Allí volvía a estar, rasurado completamente hacía solamente un día, lo que le daba el aspecto delicado y pueril que tanto deseo pero al tiempo que te deja un rastro agrio de escozor de los pelos que, rebeldes, quieren volver a cubrir su dulce secreto. No se lo esperaba e hizo un respingo hacia atrás y puso cara de molesta “¿Qué haces!” “Nada tú sigue a lo tuyo”. El secreto está en acertar en el momento exacto y en el punto exacto de su vulva para que ese rechazo se convierta en escalofrío por las entrañas y no vuelva a retirarse. Casi siempre lo consigo.

Ella quería hacerse la indiferente mientras mi boca comenzaba a lamer sus labios exteriores que se defendían como las ortigas que yo adoro. Repasaba su anatomía mientras yo, furtivamente introducía la lengua en su seno tan protegido por la planta de espinas tan dulces. El calor era insoportable; yo completamente vestido, el secador a plena potencia y haciendo el esfuerzo de alcanzar su placer con unas piernas cerradas, de pié y en una actitud de (aparentemente) total indiferencia. Pero su sabor la delataba. Sentía que se estaba derritiendo por dentro y el metálico dulce de su flujo no mentía.

El secador seguí funcionando cuando ella levantó una pierna para ponerla encima del retrete. Era la señal, ahora tenía todo su coño a mi disposición, y lo que es más importante, toda su alma y toda su voluntad. Con mis manos abrí su labios mayores para acceder a libar su más preciada intimidad, por segunda vez en el día. Tenía su clítoris todavía escondido en su capucha y sus labios brillantes, rosa oscuro y dulces. En el momento que mi lengua al completo los envolvió se estremeció, y cuando comencé a chuparlos hacía adentro, sorbiendo las finas tiras de sutil carne hacía mí, poniéndolos en tensión mientras mi lengua los friccionaba a mil revoluciones por segundo, ella se dio cuenta de que yo iba en serio.

Por fin apagó el secador, justo cuando alcanzaba mi límite antes del desmayo. No quería privarla de un segundo de placer así es que aguanté el ambiente, pero merecía la pena escucharla gemir, susurrar y respirar hondamente. La visión de aquel pubis rasurado que ponía el horizonte en mis ojos y que me ocultaba parcialmente sus tetas desde abajo y más arriba su cabeza que asentía lentamente con los ojos cerrados me excitaba y me animaba a continuar dandole placer solitario para que ella lo disfrute sin preocuparse de nada más. Y eso lo percibió mi polla que, a pesar del desgaste recién realizado me presionaba fuertemente en mis pantalones. Mientras continuaba masajeándole su chocho a mi placer, desabroché mis pantalones como pude y empecé a hacerme una paja para acompañarla. Procuré que ella lo notara poniéndome muy cerca de su pierna de manera que, o bien mi verga caliente se pusiera en contacto con la delicada piel de su tobillo, o que su pierna notara las enérgicas vibraciones que me estaba transmitiendo para aliviar la tensión que había acumulado. Es curiosa la sensación que te transmite una paja cuando estas con alguien, es como si al principio no te dieras placer y solo fuera un elemento de juego más, con sus cavidades y sus surcos. Pero con el tiempo dejas de rechazar esa sensación y entiendes que es tan peligroso, o más, que cuando estás solo porque puedes llegar a correrte sin darte cuenta, sin poder evitarlo.

Cuando ella notó que me estaba tocando su actitud cambió. Le excitaba sentirme, aunque no podía verme. Sabía que tenía mi polla fuera y se la imaginaba tan dura como hacía una rato y tan deseosa como a ella tanto le gustaba. Pero lo que más le excitaba era saber que me estaba gustando. No le estaba comiendo el coño como un acto de caridad hacía ella, si no porque realmente me excitaba y se lo estaba demostrando de forma espontánea. Se sentía deseada y amada y eso aceleró su estado descargando sobre mi lengua más líquido que absorbí de manera febril, como si estuviera viajando dia y noche por el desierto.

A pesar del dolor inicial del miembro (normal cuando vuelve a reactivarse para dar la talla de nuevo) la situación podía conmigo. Ella totalmente entregada y desnuda, abriendo cada vez más su pierna para que pudiera alcanzar sus pliegues más íntimos. Yo de rodillas servilmente atendiendo únicamente sus necesidades mientras intentaba dar salida al calor interno que yo mismo me había provocado.

Noté como se tensaba, como su clítoris, completamente desplegado a mi, se retraía cada vez que mi lengua lo atacaba. Intentaba morderlo dulcemente, y ella gritaba y aún así se abría más a mí. Todo era brillo y humedad, suya y mía cuando me agarró del pelo de la cabeza para arrimarme o separarme sin saber por qué decidirse. Sentí su éxtasis y toda mi sangre entonces se centró en mi glande en un espasmo soltó un chorro de leche al tiempo que ella gritaba de placer. Yo ya no podía controlar lo que le hacía a ella; no sabía si le hacía daño por apretar muy fuerte o si por el contrario la falta de roce la estaba dejando en un limbo indeseado. Mi boca se apretaba fuerte contra su coño y mi respiración entrecortada por mis sacudidas la hacían aumentar el tiempo de su orgasmo. Sabía que me estaba corriendo por mis movimientos y por algún que otro impacto de 37 grados en su piel.

Me quedé sin aliento, de rodillas con la cabeza baja para poder respirar mientras ella se reclinaba en la pared liberando un poco de la tensión de sus piernas. Al cabo de unos segundos la miré sonriendo y ella me devolvió el cuarto de sonrisa que su esfuerzo de maratón y su todavía palpitante vulva le permitieron. Pero sabía que estaba FELIZ. Fue después cuando nos percatamos del estropicio en el suelo del baño y nos reímos abiertamente para terminar de liberar la tensión que quedaba y para demostrarnos que éramos felices y que las sorpresas siempre son bien recibidas, aunque esta vez llegáramos tarde al trabajo.

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domingo 13 de mayo de 2007

El segundo



Nos quedamos exhaustos en el sofá, desnudos, pegados, con la piel tirante, pero una sonrisa que nos rasgaba la cara, sin llegar a creérnoslo ninguno de los dos. Estábamos allí, con nuestra intimidad expuesta al otro, al grado máximo de amistad, de confianza, de generosidad hacia el otro, completamente vulnerables pero encantados de estarlo, encantados de entregarnos. Gastamos bromas absurdas que solo ella y yo comprendemos para recuperar el aliento y hacer la situación más íntima si cabe. Todo mientras ella fumaba un cigarrillo.
Al cabo de un rato ella se puso en pié, se enfundó en mi camisa a medio desabrochar y corriendo a saltitos a la cocina me dijo “¿quieres un té?”. “Vale”. Me quedé mirando a las paredes naranjas y los muebles wengé pensando e intentando interiorizar el momento mientras la veía a ella manipular los trastos de la cocina con la camisa que le llegaba prácticamente por la rodilla, las mangas dobladas cinco veces y sabiendo que debajo de esa tela de algodón estaba su cuerpo caliente y suave como lo había sentido antes. Me recreaba en ese pensamiento cuando ella regresaba al salón con la bandeja con las tazas, el azúcar y la miel. Tenía los pezones duros que intentaban rasgar la camisa para salirse explosivamente, lo que no me permitía ver el volumen de sus tetas y su redondez. Me gustó mucho esa visión. Comenzó a excitarme.

Dejó la bandeja en la mesa y me preguntó que quería miel en el té. Le dije que ya me lo ponía yo y hundí la cuchara en el tarro. Al levantarla vi los reflejos dorados del líquido pringoso y me recordaron a sus ojos y a su pelo. Y a su sonrisa. Sin pensarlo dos veces me acerqué con la cuchara a su boca y le alicaté la mejilla, la comisura de los labios con la miel y un poco cayó en su pelo y en su oreja. Instintivamente se echó hacia atrás levantando las manos hacia arriba y gritando “¡¡pero que haces??” pero no se me fue la sonrisa de la cara porque acto seguido y sin contestar me acerque para limpiarle. Empecé lamiendo su mejilla. Sentí el picor de la dulzura de la miel en mi garganta, mezclada con el aroma de su cuerpo que emanaba del recinto de su camisa y los últimos efluvios de Channel n5 que quedaban todavía presentes. Ella aceptó bien el gesto y me moví hacia sus labios para seguir lamiendo al tiempo que volvía a besarla dulcemente. Ella me devolvía el gesto y noté como su respiración volvía a aumentar el ritmo. Volví a su cara, lamiendo la miel y su piel, hacía su pelo y su oreja, el lóbulo pequeño y compacto lacerado por el pendiente plateado. Ladeó su cabeza en signo de aceptación y comencé a limpiarle el cuello de una miel imaginaria pero más dulce ahora todavía. Sentí como polla empezó a palpitar y a notar el dolor de la sangre volviendo a fluir por los vasos convulsivamente vaciados hacía algunos minutos. Ese dulce dolor hace renacer las tensiones y alegra el corazón.
Volví a introducir la cuchara en el tarro de miel y esta vez vacié su contenido lentamente en sus tetas. Apunté a sus pezones que hicieron de fuente goteando hacia la base de sus tetas. Ella me miraba con una sonrisa y respiraba fuerte. La camisa se puso perdida. Da igual. Y comencé a retirar la miel de sus duros pezones con la punta de la lengua únicamente al principio y luego con toda la plenitud de la boca. La camisa, sin estar del todo desabrochada me permitía ver su vientre acompasando la respiración y el vello de su pubis. Mientras le chupaba las dos tetas de forma alternativa le metí un dedo en su coño sin previo aviso. Soltó un pequeño suspiro al tiempo que noté como una ola de calor me lo invadía. Ella también lo estaba deseando y agradeció el gesto impulsivo. Yo lo capté y de repente mi instinto de animal se despertó y me obligó a ser más brusco con sus tetas. A comerle los pezones de forma desesperada, con los dientes, succionando bruscamente mientras movía mi dedo en su interior sin sacarlo, frotándolo contra su parte anterior y sintiendo sus surcos duros. Ella respiraba cada vez mas fuerte echando la cabeza hacia atrás o cogiendo la mia y presionandome contra su pecho para que le extrajera más placer de sus botones oscuros, ya enrojecidos por el terrible “castigo” al que los estaba sometiendo.
Saqué el dedo de su coño y lo volví a introducir muchas veces, humedeciendo su vulva con sus propios líquidos hasta que noté como gotas de su flujo empapaban la palma de mi mano. Entonces retiré la mano y me introduje el dedo en la boca para saborear esta vez su miel de origen humano. Ella me miró y se lanzó a mi boca para arrebatarme con su lengua de todos mis rincones mi saliva. Le gustan los sabores fuertes pensé y entonces me agaché de rodillas en el suelo mientras ella se reclinaba en el sofá y abría instintivamente las piernas a lo que se avecinaba.
Mi lengua visitó primero su vagina que antes había explorado mi dedo. Estaba caliente y salada y volví a recordar el sabor de su cuerpo. Pero acto seguido me dirigí a su clítoris para envolverlo con mis labios. Quería darle calor ya que estaba expuesto al aire mucho tiempo. Y ella acompañó mi gesto con un quejido de placer. Mi lengua comenzó a lamerlo de abajo a arriba despacio pero con menos consideración que la vez anterior porque ya sabía como tratarlo. Después más rápido y luego mezclé mi lengua con mi dedo para no dar ni un microsegundo de respiro al pobre órgano que se retraía ante tal avalancha de roce húmedo y caliente. Ella lloriqueaba e intentaba agarrarme del pelo sin saber si retirarme, pararme o moverme más rápido. O simplemente para sentir la realidad de ese momento de ensueño. Sus manos me hacían daño pero aguanté y yo la trataba un poco peor cada vez. Nos encantaba. Terminé de abrirle la camisa con torpeza y así poder contemplar desde el primer plano de su pelo las perlas de sudor y nectar de su vientre y sus pechos descolgados lateralmente. Su respiración. Me encanta. Levanté las manos para alcanzar sus tetas y presionar y pellizcar sus pezones.
Le abrí el coño ampliamente para admirar el contraste de colores de su pelo negro al rojo de su excitación, y su brillantez. Me retiré un poco y le sople el aire más frio que tenía para que notara el contraste y así volviera a sentir la calidez proporcionada por mis labios y mi lengua.
Mi polla dolía de verdad. Casi no estaba recuperada del polvo anterior y le estaba exigiendo más. Me miré y vi el glande completamente desplegado, brillante y de color rojo y las venas marcadas en todo su tronco. No se sí ella llegó a correrse pero yo no podía más así es que me levante y le metí toda la extensión de mi polla de un solo intento. “Ahhhh” volvimos a decir los dos al tiempo pero esta vez ya estábamos preparados y yo podía moverme más rápido. Y así lo hice. Yo de rodillas en el suelo y ella con la espalda en el asiento del sofá. Su cadera en vilo sostenida por mis manos y atravesada por mi verga. Desde mi posición la veía a ella entera. Sus ojos cerrados y su boca abierta. Sus tetas abundantes meneándose al ritmo de mis envites como medusas en el oleaje. Su vientre hinchándose y vaciandose cada vez que mi polla entraba y salía. Y su coño aceptando mi palo como si fuera parte de él mismo. Aumenté el ritmo por la excitación de la vista que proporcionaba su abandono a mis maniobras hasta que la fatiga me obligó a retirarme para tomar aire. Ella respiró preguntandose porque había acabado. Comprendió y me dijo que me sentara. Ella lo hizo encima clavandose la polla hasta que notó como presionó su pared más lejana y gritó. No podríamos estar más cerca de no ser que nuestros huesos se hubieran partido en mil.
Comenzó a mover su cadera de adelante hacía atrás aumentando el ritmo progresivamente. Me seguía doliendo la polla pero disfrutaba del dolor que no me dejaba sentir ni correrme y me garantizaba que ella podía disponer de mi a su voluntad. Luego levantó las caderas para ponerse en cuclillas y volvió a meterse la polla. Su chocho solo cubría el glande y un poco más por lo que estaba casi toda mi polla fuera, pero eso sí, ella sabía como subir y bajar como si estuviera ensartada (que lo estaba). ¡que bueno es el ejercicio físico en las mujeres! Disfrutaba de esa vista. Era un sueño hecho realidad. Y me encantaba ver sus tetas cerca de mi cara con ese ímpetu. Ella cayó sobre mí de rodillas para recuperarse del esfuerzo terrible pero siguió moviendo las caderas adelante y atrás. Yo agarré su culo para sentir ese movimiento también en mis manos. E instintivamente deslicé mis dedos en el agujero de su culo. Me encanta sentir este pliegue. Y comencé a frotarlo superficialmente para percibir todo su relieve. No lo pensé. Pero ella no me dijo nada. La miré y le pregunté si le molestaba y ella muy autoritaria me ordenó “¡¡CALLA!!” mientras seguía respirando fuerte y moviendose. Al cabo de un rato la aparté para que descansara y la tumbé en el sofá. La cubrí con mi cuerpo y la follé con los dos cuerpos pegados. Ella sentía mi peso pero le agradaba. Me alcé sobre mis brazos y me movía liberándola de mi presión pero no permitiendo que decayera el ritmo ni el placer. La polla ya no me dolía y la sentía dura y gorda.
Paré y busque a mi alrededor. “¿que buscas?” “un cojín”. “toma”. Le coloqué el cojín en la pelvis y se elevó 15 cm. Justo lo que necesitaba. Me puse de rodillas y abrí mis piernas lo más posible de manera que mi rabo pudiera a penas alcanzar su abertura. Me ayudé con mis manos para forzar la entrada y en cuanto entró comprendió la magia de la postura. Mi polla tiende a ir hacia arriba y ahora está forzada a ponerse horizontal por la pared anterior de su vagina. Al mismo tiempo los vasos sanguíneos están comprimidos y por tanto la sangre no puede escapar y por tanto la polla engorda mucho. Además esta postura me permite una libertad de movimiento que puedo manejar a mi antojo. Ella está vendida a mi voluntad, que no es otra que matarla de placer. Ella no se lo cree. No cree que esté pasando. Yo realmente no siento mucho. Mejor porque si no podría aguantar. Pero la falta de sensibilidad física es rápidamente adelantada por el placer de ver su cara de éxtasis, de incredulidad ante el placer, de abandono y tensión por no saber si su corazón o sus entrañas van a poder aguantar tantos empujes. Follamos muchos minutos en esta postura y yo noté las gotas de sudor por mi espalda.
Pero también me tocaba a mí. Y ella lo sabía así es que me dijo. “Correte tú”. Entonces saqué la polla completamente y volví a metersela despacio hasta el fondo. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Ella agradeció el cambio de ritmo y yo me concentraba en restregar mi glande en todos sus pliegos para aumentar la sensación. Incluso me hice una paja encima de su clítoris pero no había manera. Así es que le dije. “Date la vuelta”.
La puse a cuatro patas y ella arqueó su espalda para ofrecerme toda su opulencia en forma de culo y chocho abierto. Me acomodé y la poseí sintiendo como las paredes de su entrada aprisionaban mi falo dolorido e insensible. Pero esta posición me puede y después de pocos ataques sus paredes comenzaron a ordeñar mi polla y a hacerla revivir. “No aguanto” le dije y cada vez la empujaba más fuerte. Sus brazos tensos intentaban contrarrestarme pero acabaron cediendo y su cara impacto en el sofá y ya no pude más: tensé todos mis músculos aprovechando los tres únicos envites que me permite el orgasmo sin correrme y conforme saqué la polla un chorro de leche recorrió su espina dorsal como una estrella fugaz. El siguiente se quedó en su culo y el otro. Mientras yo apoyaba mi verga en la raja de su culo para terminar de frotarme exhausto. Cuando acabaron los estertores ella se dio la vuelta, me cogió la polla con la mano y se acercó para metérsela en la boca de forma suave y húmeda, proporcionándome el calor que terminó de elevarme al cielo. Solo tragó unas gotitas de leche. Lo noté en el beso apasionado que me dio y que me confirmó que nos queríamos y que esto solo iba a ser el principio de muchos polvos cómplices, íntimos y salvajes.

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martes 8 de mayo de 2007

Domadora




Nunca había sido objeto de mis miradas ni mi atención. Es una mujer fuerte, de brazos poderosos y marcados y unas piernas que su deporte ha modelado para dotarlas de firmeza y presión como unas mordazas de fontanero de las que no se puede escapar. Pero todo ha ido cambiando a lo largo de los días, de las semanas. Cada vez hay mas confianza y más contacto y lo que podía ser simplemente una fantasía de desahogo, con un elemento nuevo que intentara despertar mi dormida imaginación se está convirtiendo en un sueño reiterativo.



Me gusta jugar a adivinar como serán ellas sexualmente. Me fijo en su forma de vestir, de moverse, de acatar los típicos comentarios machistas que siempre emergen en la oficina, con ánimo de provocar precisamente esas reacciones. Me fijo en sus complementos, y si se da el caso, en los objetos de su casa. Afortunadamente he tenido la oportunidad de estar en la suya y compruebo que sí, le gusta el sexo. No todo el mundo tiene un ejemplar del kamasutra, y menos expuesto en su librería. No todo el mundo lleva un tanga blanco de puntillas; es la única vez que he podido verle expuesta su intimidad; nunca antes ha asomado su piel más de lo que debía.

Tiene un cuerpo sexual. No me refiero a sensual. Es un cuerpo que emana sexo, perfume de tabaco y piel; curvas potentes y exhuberancia femenina. Tiene grandes tetas que no trata de disimular y que convergen en un canal profundo y natural. Su culo es amplio y hermoso, que se mueve cuando anda gritando al viento su gran capacidad de admitir y aceptar y su versatilidad motriz. Su boca es amplia con una sonrisa sincera y explosiva. Sus ojos, transmiten paz de color miel con tonos verdes que recuerdan los sembrados de trigo en la primavera temprana.

Hasta ahora todo ha ido bien. Es un cofre cerrado en el que se guardan todos sus secretos como en un galeón español hundido en el caribe. Estoy en su casa, como tantas veces, hablando, riendo,... No se como empezó todo, es confuso: una noche distraida, un bricolaje caluroso, una película oscura,... pero su mirada se ha cerrado en la mía. Ya no es la misma. Yo se que su prudencia no le permite abrir su coraza, pero sus ojos me suplican desde el fondo de su alma que me acerque. Yo no puedo más, mucho tiempo disimulando, mucho tiempo distrayendome, mucho tiempo contentandome con fantasmas y esta vez es ella la que está aquí. Me acerco cogiendo su mano y la beso. Es un beso de prueba, para confirmar que su fortaleza ha arriado sus tabiques. Pruebo sus labios secos, una vez, y otra vez, apretando su mano y sintiendo que nos falta el aire. Pruebo su sabor rancio del tabaco que acaba de fumar, en estos momentos es el sabor más dulce.

Poco a poco, los besos tímidos delimitadores de fronteras se van ampliando y llego a humedecer sutilmente los surcos de sus labios hasta que parecen medusas flotando en el mar. Y toco la lamprea de su lengua que esquiva me rechaza para volver a encontrarse esta vez más activa. Me falta el aire. Toda la habitación se queda sin él. A ella le cuesta respirar tal vez porque no estemos dando crédito a esto que llevamos anhelando tanto tiempo en silencio. Muerdo, intento contener el instinto predador que me obligaría a arrancar la carne de su labio inferior mientras me retiro hacia atrás. Ella sabe aguantar el arrebato y lo agradece acercándose a mí. Mis manos atrapan su cabeza para que no se me escape ni una molécula de su ser, de su ansiedad y retiro su pelo ralo para dejarme admirar el portento de su feminidad. Me acepta, y me lo demuestra sutilmente ladeando la cabeza para que muerda sus mejillas y ofrecerme sus orejas y su cuello. ¡quien fuera vampiro para poder desatar mi instinto animal en un mordisco de penetración animal! Aspiro su aroma a Chanel n5 y despliega en mí la certeza de saber que es ella la elegida.

Se posiciona, me atrapa y comienza a amarme como yo lo hago a ella, desnuda su torso y desesperadamente desnuda el mío. Quiere ofrecerme su fuente de calor y contactarla con mi recién fortalecido pecho. Me encanta la visión de sus tetas anchas y abundantes, naturales, que tienen que someterse a la ley de la gravedad por su generosidad. Adoro sus pezones oscuros y apretados, pequeños en cierto modo, y los beso mientras ella me mira desde arriba agradeciendo que sepa admirar su tesoro y al tiempo sepa estimular su punto de partida. Besos pequeños, con lengua para humedecer, eliminar la tirantez y darle la confianza a sus pezones para aplanarse y dejarse llevar, para luego sentirse traicionados por un mordisco desgarrador que haga vibrar su cuerdas interiores. Ahora me odia porque del abandono ha pasado a la tensión del dolor placentero, pero me pide más, mientras con la mano acaricio su otra teta expectante. Son tan grandes que no me caben en la boca, no me caben en la mano, disfruto la abundancia teniendo una perspectiva cercana y otra lejana. Se estremece cuando acaricio su espalda, calida y suave que después de recibirá.

Ahora le toca a ella. Con sus tetas en mis manos bajo por su vientre, antesala de sus caderas y desabrocho sus vaqueros. Desde aquí comienzo a oler la mezcla de detergente y suavizante de su ropa interior y sus flujos que gracias al calor se van evaporando para volverme loco. Ella se tensa, a lo mejor es muy pronto, a lo mejor es muy intimo e intenta levantarme la cabeza, pero la tranquilizo con un “shhh” que le hace saber que es mi momento, su momento. Ahí está, su tanga blanco albino que deja entrever la negrura de su vello. Juego con él con sus pantalones a medio muslo y acerco mi aliento a su monte de Venus, las ingles y su suelo que ya empieza a rezumar a través de la tela. Me acerco, me alejo, me entretengo mientras siento su vientre elevarse y descender en un ritmo acelerado hasta que meto mi lengua por debajo de su tela, su protección. En ese momento se arquea como un gato. No la he rozado a penas pero el momento ha supuesto la liberación de la tensión acumulada y de los flujos marinos que tanto me enloquecen. Sabe que lo voy a hacer y está loca por sentirlo. Desnudo su coño. Está bien cuidado dentro de la frondosidad y juego con sus pelos. Mis manos transmiten mi frío a su piel a través de su abrigo y se estremece. Mi lengua se posa en el hueso de su cadera y la hace temblar y se va resbalando como una gota de rocío hacia el final del embudo en el que aspiro el aroma a amor que me proporciona. Ella respira muy fuerte. Y yo también, justo delante de ella para que sienta mi aliento en sus pliegues. Muy suavemente deslizo mi lengua de abajo a arriba. Como si fuera parte de ese mismo aliento. Pero ella y yo sabemos que no es aire lo que la estimula. Saboreo su salazón, agria, dulce y metálica y ella me pide más acercándome con sus piernas. Hundo el grueso de mi boca en sus flujos y vuelvo a subir de la forma más cálida que encuentro. Otra vez, otra vez, otra vez,… y esta vez me quedo arriba, buscando su clítoris tembloroso y rígido y solo la punta de mi lengua acierta a rozarlo. Es la primera vez y por tanto no se como le gusta. Así es que probaré muy suave, no directamente si no utilizando su propia piel, con la punta. Acierto y ella responde y yo comienzo a succionarlo como dando besos húmedos. Su cabeza se cae. Buena señal. Muevo más rápido mi lengua e intento sacarlo de su escondite y acceder directamente a él. Una vez allí utilizo la base de mi lengua, libre de estribaciones para que el contacto sea más suave y más intenso, así como el interior de mi labio de abajo… Ella gime, nunca la había oído así, nunca me lo había imaginado. Estoy en un éxtasis al ver si placer e inconscientemente muerdo y ella se retrae. Perdón. Se relaja y comienzo como al principio, pero esta vez a un ritmo más largo.

Ella se alza y se estira para tocar mi polla a través de mis vaqueros. Está en la derecha, y por primera vez nota su calor y su dureza. No sabe que también está empapada con un flujo delicioso. Se alza más para meter su mano en mi pantalón pero la empujo para que solo lo haga a través de la burda tela. Es suya, pero no puede acceder a ella,… todavía.

Su respiración se acelera cada vez más cuando vuelvo a beber todos sus jugos y los traslado a todo su coño de arriba abajo, de abajo a arriba para lubricar sus pliegues carmesí. Lo hago rápido y ella no puede sincronizar el movimiento de respiración con su mano. Se detiene porque no puede concentrarse en otra cosa que no sea la sensación de ser únicamente 28 cm2 de placer. De repente me empuja y me mira furibunda, como si la hubiera vejado en lo más íntimo, me asusto, pero me dice “quieto que me corro” y una sonrisa se dibuja en mi cara. Ahora quiere ella tomar el control.

Bajando más sus pantalones para que no le impidan el movimiento desabrocha uno a uno los botones de mis vaqueros y con un movimiento brusco intenta bajarlos, pero hasta que no cierro un poco las piernas no van a ceder. Allí tiene expuesta la enormidad de mi polla que se transcribe a través de la lycra de mis calzoncillos. Y allí en la punta, un charco me ha desvelado si cabe un poco más. Me mira, me sonríe y retira mi tela para desplegar mi verga húmeda, con el glande rojo parcialmente cubierto y brillante. Con dos dedos toca mi humedad para comprobar su origen y acto seguido abraza mi dureza con la mano para empujar hacia abajo y destapar la punta de lanza que más tarde va a disfrutar. Empieza a moverla y yo siento como si existencia se va concentrando, condensando. Se retira el pelo de la cara y me embarga el calor de su boca en la parte más sensible y más dura de mi cuerpo. Se mueve rítmicamente acompañando su cabeza con la mano y dejando que ésta acaricie el glande desnudo y lubricado por nuestros flujos. Siento perder la sangre, se me escapa. Se retira y respira mientras continúa su movimiento con la mano desde arriba a lo más bajo, repetitivo, delicioso,… Quiere continuar la mamada pero esta vez soy yo el que la para. Le estrecho la muñeca y le ordeno que pare. Se pone digna pero comprende que es por su bien.

Quiero continuar y vuelvo a echarla hacia atrás y esta vez no hay miramientos. Meto mi lengua en su coño hasta lo mas profundo para repelar los restos solidificados que ansían mi sed. Y vuelvo a repartir su mar por todo su coño, que esta vez ya empieza a cobrar tintes púrpuras. Juego con mi lengua y absorbo sus labios menores estirando de ellos para que a su vez estiren del clítoris. En condiciones normales habría dolor, pero ahora no. Descansa mi boca y mis dedos mojados no dan tregua al botón. Al recobrar el aliento continúo humidificando con mi saliva todos sus rincones parar que la transición sea suave y placentera. Y mientras su clítoris se retrae repetidamente con mi lengua, inspecciono con mis dedos su vagina, hacia arriba para notar sus surcos, sus pliegues, sus escondites,… Esta vez no puede aguantar y deja escapar un grito que me confirma que se ha corrido. Mi dedo lo nota, nota la compresión, nota la humedad, nota el alivio, noto el placer y me elevo al cielo. Este es mi verdadero orgasmo.

Me dice, “métemela”, y quitando los pantalones me abro paso con el ariete hacia su manantial. Ambos gritamos al sentirnos juntos. Me gustan mucho las pajas y las mamadas pero no hay nada como el abrazo del tejido caliente. Es como si estuviera hecha a mi medida. Se queja mientras la voy dando de sí pero no quiere que pare. Debe ser como aquellos momentos en los que te desperezas por la mañana y tus músculos empiezan a tomar conciencia del día. Yo cada vez voy abriéndome camino sin salir hasta que mis huesos chocan con los suyos y confirmamos que ese es nuestro límite, solo nuestro, no hay dos personas iguales y por tanto nunca volverá a sentir ese límite con nadie. Entonces me retiro porque mis pulsaciones se han disparado y porque quiero volver a penetrarla otra vez, pero esta vez sin aperturas, alcanzando el límite físico de un solo empujón. Quiero ser consciente de que atravieso todo su ser y que soy capaz de llegar a nuestro tope y que ella lo acepta. Y lo hace. Y lo vuelvo ha hacer. Y esta vez no salgo porque quiero escuchar el choque de nuestros cuerpos de forma repetida. Quiero sentir como mi pelo se entrelaza con el suyo y como se acarician por un microsegundo para volver a despegarse y reencontrarse.

No aguanto. La tensión se ha acumulado y apenas puedo empujar diez veces seguidas. Me retiro y respiro muy hondo. “¿Estas bien?”. “Sí, pero no aguanto”. Me sonríe, le gusta saber que es capaz de provocar este sentimiento en mí, le gusta sentirse deseada, le gusta sentirse mujer, le gusta saber que me hace perder la cabeza. “Córrete” y al cabo de dos embestidas profundas se tensa mi piel, siento la existencia centrada en mi polla, me retiro y me corro en su vientre, salpicando sus tetas y la parte baja de su cuello. Se sorprende y se ríe. Yo también me río, mezcla de éxtasis, de felicidad, de complejidad y de amor. Respiro muy fuerte y ella pone su mano en mi polla para ser partícipe de mis convulsiones y darme así el último aliento al placer.

Al recuperarme se reclina y me abraza. Nos quedamos literalmente pegados, oliendo nuestro sexo, pensando en cómo ha sido, sonriendo ambos. Sabemos que funcionamos, y nos gusta. Este ha sido corto, el próximo, dentro de un rato será mejor.


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