jueves 1 de noviembre de 2007

Rasúrame


Era verano y nos íbamos a la casa de la playa. Era un viaje largo y tuvimos que salir muy temprano para aprovechar el día así es que en el coche estábamos ilusionados por comenzar este periodo que nos pertenecía a nosotros, sólo a nosotros y a nosotros solos!!
Llegamos a la hora de comer antes de irnos a la playa me dijo que tenía que arreglarse. Yo me lo figuraba así es que me senté tranquilamente en el sofá y abrí mi libro en esos momentos por el separador con la expectativa de avanzar en 20 o 30 páginas ya que me imaginaba que tendría que depilarse, ponerse cremas,… en fin todas esas cosas que hacen las mujeres, que nos gustan tanto y de las que tanto renegamos…
Al cabo de solamente 4 páginas oigo la puerta del baño y me imaginé que se le había olvidado algo cuando la veo que aparece con una camiseta y una maquinilla de afeitar en la mano. “Me aburría allí sola así es que he venido a que me hagas compañía”. Extendió una toalla en el asiento del sofá, se reclinó en el brazo del sofá y abriendo las piernas inclinó la cabeza para discernir el mejor sitio para comenzar…
Yo estaba estupefacto con el libro entre las manos y admirando la belleza de esas largas piernas convergiendo en la oscuridad y ese momento de intimidad que ella me permitía compartir y disfrutar. Debió de darse cuenta de mi penetrante mirada porque levantó su cabeza y con media sonrisa me dijo “¿quieres hacerlo tú?”. Si mi boca estaba antes abierta ahora era un agujero negro. Incrédulo le pregunté si estaba segura y ella con toda confianza asintió con la cabeza, moviendo su pelo por su frente.

Aquello me pareció alucinante: Verla completamente abierta de piernas para mí, con un instrumento peligroso, exponiéndose totalmente a mí, vulnerable, confiándome su dolor y confiando que no lo iba a ser… Cerré el libro, cogí la gilette y levantando un poco más su camiseta me incliné como un joyero que examina una nueva pieza para decidir por dónde empezaba. Identifiqué el hueso lateral de la pelvis y desde ahí comencé a frotar la maquinilla hacia el interior de la forma más suave que el miedo a rasgar aquella seda me permitía. Ella se rió estrepitosamente lo que me hizo fallar en mi intento de acercarme porque su vientre se movía compulsivamente. “Sin miedo, firme pero sin apretar demasiado” – me dijo. El caso es que esa frase abrió una luz en mi interior y supe exactamente lo que quería. Me acerqué un poco más a ella y deslizando la cuchilla por el horizonte de sus dunas escuché el rasgado que producía el afeitado. Ella se estremeció por la sensación, los pellizcos de la cuchilla y sobre todo mi determinación.
Tan cerca podía oler su esencia aunque ya no podía afectarme más fisiológicamente porque yo ya no tenía un bañador, era un absoluto escándalo, y ella lo sabía.
Conseguí recortar el triángulo de Venus hasta dejarlo a la altura de la braga del biquini, y fue cuando ella me dijo “No, todo”. Levanté la vista y vi sus ojos clavados en mí, la expresión concentrada y el ceño fruncido, en definitiva, concentrada en lo que le estaba haciendo. Tenía los pezones clavados en la camiseta, obviamente sin sujetador, se le marcaban pidiendo a gritos salir, rasgarle el tejido y ser libres.
Con esta nueva directriz, comencé justo debajo de ombligo a rasurar hacia abajo, pero ahora tenía otro objetivo en mente. Mientras con una mano manejaba la maquinilla con la otra, con la excusa de tensar el tejido abracé su labios mayores con la mano cerrada sobre ellos, como si no quisiera que hablasen, tirando de ellos ligeramente hacia abajo, acompañando el ritmo de la maquinilla, lo cual hacia que inevitablemente se moviera algo en su interior, de manera sutil pero lo suficiente como para sentir que algo llamaba a su puerta y la respuesta fue la de producir la llave que garantiza que la puerta va a ser abierta sin problemas. Y esa llave cada vez me embriagaba más y me hacía la boca agua.
Todo el monte de Venus estaba deforestado, suave, protuberante, exhibiendo su cumbre desnuda como queriendo crecer hacia el infinito. Ahora quedaban los laterales y esa era la mía. Admiraba su cofre cerrado, todavía sin explorar, e intenté comenzar a afeitar directamente pero no podía. La carne cedía y no generaba suficiente presión para que el trabajo fuera efectivo. Ella me dijo que tenía que agarrar un lado y que mi propio dedo hiciera de barrera. Abrí su vulva y admiré su color rosado y absorbí toda su esencia en una bocanada que me aceleró el corazón. Introduje un dedo longitudinalmente de manera que abarcara todo el labio mayor pero al tiempo me aseguré que tuviera el máximo contacto con su interior, caliente ahora, al tiempo me colocaba extremadamente cerca de su clítoris, como casualmente, sin intención pero moviendo su entorno de forma distraída… Ella echó la cabeza para atrás y respiró profundamente.
El afeitado era ya lo de menos. Ella se olvidó del peligro entre sus piernas y se abandonó a los roces “fortuitos” que el movimiento rítmico de la maquinilla producía en mi otra mano. Estaba completamente mojada y yo me resbalaba por lo que me veía obligado a retomar mi posición de firmeza una y otra vez, lo que producía más roces en su vulva y que yo procuraba que se complementaran con movimientos en el clítoris. De hecho, apoyé ligeramente mi mano en su zona ya despoblada haciendo presión en el clítoris y centrándome en tenerlo siempre en constante movimiento. Ella, me miraba por encima de mi hombro, con la expresión completamente descentrada en la depilación en sí, simplemente admirando como mi mano movía su dulce centro y así, con la vista era consciente de que le estaba dando placer. ¿y yo que? Creo que sobra toda descripción, haciendo un esfuerzo completamente heroico en no hacer un estropicio ya que entre sus flujos y el ansia que tenía de acercar mi boca a su sonrosado coño no podía concentrarme. Mi polla palpitaba y sentía como segregaba cada vez más, y cada vez que me movía sentía la necesidad de arrancarme el bañador y penetrarla de una sola vez. Entraría profundamente, sin dolor, a la primera, todo lo favorecía…
La parte de la vagina era la más delicada ya que estaba completamente empapada y ya me había encargado yo de distribuir su metálico almíbar, como si estorbase pero realmente para hacerla estremecer. El roce con la entrada a su coño se producía en cada movimiento y hacía que ella se echara hacia atrás y delante de forma suave pero lo suficiente como sentir como era su corazón el que marcaba el ritmo.
El suplicio terminó y concluí. Con media sonrisa le dije que había terminado e hice como si ese fuera el final, dejando la maquinilla en la mesa y retomando el libro. ¡¡¡Su cara era un poema!!! No podía creer que después de haber estado calentándola y frotándome contra su chocho la iba a dejar así. “¿Me va a dejar así?” dijo con incredulidad. “uy! Perdona! Voy a limpiarte!” Tomé una toallita y suavemente acaricié todo su coño para dejarlo libre de los depósitos de la operación. De repente se me presentó su chocho completamente pelado, suave, emanando la llamada que yo estaba esperando y mi polla tomó control de mi ser.
Me acerqué directamente al clítoris y recorrí con mi lengua de abajo a arriba la raja, solo por la superficie, sin adentrarme, saboreando los restos de flujo y disfrutando la suavidad de terciopelo que había conseguido. Ella gimió; fue un gemido apagado, de placer y sobre todo de saber que yo estaba allí y que había llegado el momento en el que mi cálida boca abrazaba su centro de azúcar. Repetí la operación volviendo a lamer la superficie de su coño de abajo a arriba, esta vez empezando más abajo, a la altura de la vagina. Podía saborear el escalofrío férreo de sus esencias y eso cada vez me volvía más loco. Admiraba su coño perfectamente cerradito como si fuera un cofre, un bivalvo pulsante en su interior. Me encantaba la tersura de su piel y sabía que la estaba volviendo loca al no darle lo que necesitaba en ese momento. Poco a poco iba adentrando mi lengua en su rajita, sobre todo en el clítoris que ya estaba duro y emergente. Lo humedecí con mi saliva y con sus flujos y decidí dejar la lengua posada en él, dando pequeños círculos absolutamente centrados en su capuchón. Ahora sí que gemía y me acariciaba la cabeza, quitándome y poniéndome según su coño le dictaba. Me retiré y abrí su coño con mis manos para admirar el rosa con tintes de granate con el que me deleitaban sus piernas abiertas y deslicé mi lengua por todo él, en todas las direcciones. Agarré sus labios menores con los míos y comencé a succionar, moviendo la cabeza de atrás a delante, tensionando su piel lo suficiente para hacerla sentir pero sin tanta fuerza como para hacerle daño. Estaba mamando de su coño. Metí la lengua en su vagina, rebañando los posos interiores y disfrutando de su acidez. Mientras tanto, mi mano acariciaba el monte de Venus completamente pelado, suave y delicado y en este momento ultrasensible por verse expuesto a un tacto que no es habitual. Incorporándome me puse a chupar ese mismo monte delicado, apreciando completamente su nueva delicadeza. Bajé hasta clítoris y me puse a masajearlo con mi labios de forma circular.
En esos momentos ella intentaba incorporarse para cogerme la polla de la manera más irracional que he visto. Se lo puse fácil porque yo estaba a punto de reventar. Me bajé el bañador y ella la agarró con su mano moviéndola frenéticamente de arriba abajo para descargar así su tensión e intentando transmitir la sensación que ese momento experimentaba su clítoris siendo continuamente mamado por mi boca.
Casualmente o no se aferró a mi glande si la protección de la piel que ahora estaba completamente resbaladizo por todo el líquido que había segregado. Frotaba mi polla firmemente mientras yo seguía trabajando su coño desde el clítoris y ahora con mi dedo presionando insistentemente la parte más exterior de su agujero. Yo daba respingos de placer intenso del roce de su mano con el glande ardiendo, tanto que mi verga se ponía cada vez más dura y tensa. Tuve que pararla si no quería descargar toda mi leche antes de que ella sintiera mi calor en ella. “Necesito follarte” le susurré desesperadamente. “Pues follame” fue toda su contestación
Así es que me puse entre sus piernas y dispuesto a follarla cuando quise disfrutar del chocho peladito así que en vez de hincarle mi falo hasta rellenarla decidí jugar con él en su piel suave. Con la mano en mi polla comencé a frotarla por sus labios mayores y por el centro de su raja. Todo era uno, no había distinción entre fuera y dentro y mi glande seguía teniendo el mayor contacto con su piel lo que me volvía loco. Me centré en su clítoris, frotando mi polla contra el y dando unos ligeros golpecitos como castigandolo. Yo no podía más cuando sentí que ella se corría; sus espasmos, sus grititos, su cara que me indicaba que ya no estaba en este planeta, todo esto desató en mí toda mi pasión y en menos de un segundo estaba descargando toda mi leche en ese chochito rasurado que todavía estaba dando los últimos coletazos de sus espasmos. El contacto de mi lefa caliente en su chocho volvió a excitarla y provocó que su orgasmo durara más todavía. Mientras yo restregaba el glande inflamado por sus pliegues veía los grumos blancos en contraste con el rosa fuerte de su vulva recién corrida y húmeda y me ponía malo. Cuando dejé de descargar decidí meterle la polla para descansar calentito al tiempo que la entraba y la sacaba suavemente, como relamiéndome del gusto de un buen chocolate cuando se te termina en la boca…
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